Ya tenemos la versión en inglés a través de Amazón.com
De momento en e-book, pero pronto saldrá en papel. Gracias a Alejandro Navas, un artista.
@ 2024, by Santiago Navas Fernández
Libro sobre tres días en una isla secreta del ejército donde aparecen los Zombis. Y otras historias relacionadas o de terror, apocalipsis, misterio, etc.
Ya tenemos la versión en inglés a través de Amazón.com
De momento en e-book, pero pronto saldrá en papel. Gracias a Alejandro Navas, un artista.
@ 2024, by Santiago Navas Fernández
La música atronaba al otro lado de la puerta, el agua caía a chorro desde el lavabo reventado y se mezclaba con los orines del atascado inodoro. Su cara reflejada en los pedazos del espejo que se salvaron del puñetazo, sangre en la mano y un dolor agudo. El rostro desencajado, bajó la vista hacia lo que debía ser su pene, una lengua bífida entre dos colmillos y dos ojos amarillos lo observaban amenazantes.
@ 2021, by Santiago Navas Fernández
P.D.- A partir del 25 de marzo, figurará en una obra colectiva de microrrelatos de terror, editado por la editorial "Diversidadliteraria.com".
La cámara enfocaba a una mujer tumbada en una hamaca junto a una piscina, de repente la imagen se elevaba y alejaba a una velocidad vertiginosa, se veía sucesivamente el contorno de la urbanización, del país, del planeta, ascendía hasta el cosmos, la galaxia... y cuando ya todo era casi oscuro, deshacía el camino y volvía a pasar por todo aquello que habíamos recorrido antes, pero al llegar a la mujer no se detenía, alcanzaba su piel, se introducía por un poro, el rojo nos rodeaba y seguía penetrando para llegar a un paisaje desconocido, organismos y lucecitas como las del cosmos... y al fin, la oscuridad total, la música se detenía y el vídeo acababa. Me desperté así, recordándolo y a oscuras, sin saber si era pronto o tarde, ningún destello del reloj en la mesilla, ni en la ventana, ni insinuándose por debajo la puerta. Estaba en el negro más absoluto, perfecto.
Comencé a recordar. Julia y las niñas se habían ido al pueblo a pasar el fin de semana y yo me quedé para acabar ese trabajo tan importante que tenía que presentar el lunes "¿qué hice anoche?", a ver, en cuanto salieron estuve preparando las cosas que necesitaría y luego cené, vi una película y me tomé una copa... o dos, no sé. Luego entré en el email para recoger material que me habían enviado desde la oficina y allí estaba el vídeo... Pero no recuerdo más.
(sigue leyendo en santiagonavasfernandez.com)
El hombre sentado en su atalaya, miraba atentamente las tropas formadas ante él. Desde el otero en el que se situaba, podía ver a su contrincante en similar posición. Su mente estaba llena de estrategias pero intuía que esta vez nada sería igual para ambos. Había pasado revista a sus fuerzas, corregido su formación, dado las instrucciones debidas, revisado planos y directrices, preparado todo aquello que debía tener a mano para servirse durante la batalla, que se adivinaba larga y agotadora. Alzó los ojos hacia el oponente, que hizo lo mismo, se miraron profundamente, se conocían demasiado como para suponer que aquello sería un dulce paseo por una nueva guerra, sabían de sus gustos, conocían sus debilidades, habían estudiado juntos estrategia, habían practicado miles de veces, se habían enfrentado a cientos de contrincantes. No se consideraban enemigos, no lo eran, tampoco amigos, no podían serlo. En juego estaban demasiadas cosas como para tomarlo como otra simulación, como una clase práctico-teórica, como si fuera una partida más. Los segundos transcurrían sin que nada pasara, las tropas se inquietaban aunque no dejaban traslucir su nerviosismo, firmes, impasibles, plantadas en su sitio. Una voz como de ultratumba les avisaba del pronto inicio del enfrentamiento. Ambos volvieron a mirar a sus ejércitos... al frente la Infantería desplegada en horizontal, la estrategia teórica más elemental aconsejaba el cambio de posición a una punta de flecha pero ¿por qué lado iniciarla? ¿al centro? ¿a la izquierda? ¿a la derecha? ¿qué haría el contrario? ¿cómo iniciaría la batalla el ejército oponente? ¿cómo se defendería al mismo tiempo que desplegaba su ataque? ¡ahí estaba el secreto de la victoria! La Caballería estaba preparada para actuar si fuera necesario, saltando incluso por encima de sus compañeros para asentar las posiciones. Desde las Torres se vigilaban los movimientos de las tropas propias y ajenas, preparadas para replegarse y proteger su pieza más valorada, enrocándose en una maniobra mil veces calculada, hecha a tiempo, ni antes ni después, para no afectar a la estratagema propia y destrozar la contraria. Y los Alfiles, nobles señores, se apostaban para realizar sus rápidas avanzadillas y luego replegarse con igual velocidad en caso de peligro, para defender a sus señores, que quedaban en retaguardia protegiendo la bandera y la honra de su propio Ejército. La Reina miró al Rey, era tan poco y era tanto a la vez, Él, que lucía la corona de puntas más alta, sabía que dependía totalmente de ella, porque ella era en realidad, la que más podía conseguir de sus tropas y contra sus enemigos, ella, que aunque cayera no significaba que la guerra hubiera terminado, era la más importante guerrera de todo el escenario, ella, sin la cual, el Ejército entero se tambaleaba. Si el Rey caía, caía el reino entero, pero si la Reina caía, el Rey sabía que estaba a un paso de la muerte, con un pie y medio en la tumba, porque la Reina lo era todo y aún así, se exponía más que Él, incluso se abalanzaba en busca del enemigo, al que dar la muerte definitiva y poder hacerse con el reino contrario. La voz en off volvió a atronar dentro de los cerebros de los expectantes contrincantes, había llegado el momento, todos atentos, todos en silencio, todos pendientes de la mano que lentamente bajó para accionar el reloj mágico que marcaba el tiempo de cada jugada, un minuto máximo, si no, pasaba el turno. Comienza el ejército blanco y el contrincante que lo dirige ve cómo la mano invisible da un certero golpe en el cronómetro de mesa y éste empieza a correr frenéticamente, pero no le va a pillar desprevenido, es el inicio y todo está por hacer, así que manda avanzar a la Infantería, con el sargento por delante, al frente, como los valientes. "A la batalla" resonó en el recinto y la mano del primer contrincante, el del ejército blanco, se lanzó contra el cronómetro, un botón saltó con su golpe y el otro contrincante supo que era su turno, ¡adelante!, mandó salir a la Infantería, pero él prefirió escoger en la línea a un soldado presuntamente inofensivo. Rápidamente, el contrincante del ejército negro lanzó su mano también para golpear el cronómetro con energía, con una fuerza que rebelaba su deseo de ganar, su ansiedad por ver llegar la victoria trotando sobre su Caballería, ondeando en las Torres que protegían a su Rey, mientras la Reina cobraba las cabezas enemigas una tras otra acompañada de los Alfiles. Claro que ambos generales pensaban igual, tenían los mismos deseos, parecidas estratagemas, se conocían demasiado, habían estudiado y batallado juntos muchas veces. Pero ahora sólo podía quedar uno, tenían que ser despiadados, olvidarse de la amistad, olvidarse del tiempo pasado juntos, olvidarse de sí mismos incluso, de sus familias y de sus recuerdos. La batalla era el final de la guerra y el que se alzase con la Corona Real del otro lado y color, sería el único... demasiado premio como para despreciarlo, toda la vida preparándose para esto, ahora era la hora. El blanco mandó salir a un cabo, quedando por detrás del sargento, mirando al flanco por el que había avanzado el soldado enemigo. Y éste, le dijo al Alfil que se asomara. ¿Qué pretende? se dijo el contrincante blanco. ¡Demasiado básico! se dijo el contrincante negro, mientras veía cómo su enemigo lanzaba el Caballo por encima de la linea de Infantería, amenazando con un salto posterior hasta cerca de su territorio. Las respectivas manos que ordenaban el movimiento de las tropas, iban con velocidad y decisión contra el cronómetro de la mesa, lo golpeaban y hacían saltar el botón del contrario, casi lo dejaban caer del fuerte impulso con el que golpeaban, aunque solo querían accionar el resorte del minuto, sorprender al enemigo sin una decisión tomada, ponerle nervioso para que no diera con la solución y así ganar un turno que podía ser decisivo, o que se equivocara por la rapidez al tomar un camino erróneo que le condujera a la derrota. Ninguno de ambos tardó nunca más del minuto, por el contrario, generalmente les sobraba tiempo sobre el estipulado. La dama negra, su querida Reina, se asomó a la primera línea por detrás del soldado. Y cuando todo parecía tan sencillo, la estrategia sufrió un vuelco casi suicida. Los movimientos se sucedieron en segundos, casi tardaban más los cambios en el cronómetro que los avances y requiebros de las tropas en ambos ejércitos. Se percibía el esfuerzo, el sudor corría por sus frentes, el ardor guerrero estaba en sus máximos niveles, la batalla se presentaba encarnizada y la sangre, a poco, comenzó a correr entre los cuadros del suelo. ¿Media hora? ¿fue sólo media hora? o quizá algún minuto más, pero todo acabó de repente, como había comenzado, con un silencio eufórico para el ganador y abominable para el perdedor. La cabeza del Rey derrotado cayó al suelo y las tropas enemigas, las vencedoras, o lo que quedaba de ellas, corrieron a recoger la corona y cuando la tuvieron en sus manos, comenzó el griterio y el llanto. Gritos de felicidad, de victoria, de "lo logramos" y lágrimas por los caídos, por la derrota, por el reino perdido. Lo contrincantes se miraron, estaban exhaustos, su ropa estaba sudada y sucia, olían a guerra, a esfuerzo, a victoria o derrota o viceversa. Les dolía la cabeza. Pero no diremos quién ganó a quien, eso no importa, lo importante es la batalla, el ganador da igual, lo importante es la guerra, el derrotado da igual. Murieron guerreros, se perdió un reino que desapareció en los anales de la Historia y perduró otro más grande. Y eso es lo que importa.
Los auxiliares salieron al tablero a recoger los restos humanos en carretillas, para luego limpiar con agua y cepillos el lugar, antes de que se secara la sangre. El público atronaba en las gradas. Otro sábado noche más de apuestas, unos pierden y otros ganan. Los luchadores vencidos y los mal heridos de cualquiera de los dos bandos, serían cuidados para que estuvieran listos en siete días, para la nueva cita. A los muertos los echarían de menos pocas personas. Una vez más, la raza de los esclavos habían divertido a la raza de los comunes, mientras la raza de los dirigentes mandaba las tropas humanas y comía y bebía lo que apenas nadie sabía que existía, refugiados en sus palcos acristalados desde los que observaban el espectáculo. La masa reía, gritaba, se peleaba, disfrutaba de su escasa "libertad" durante unas horas, como cada semana, antes de enfrentarse a una más, que comenzaba el mismo día siguiente, domingo, que dicen los anales que fue festivo entonces, hoy, primer día de la semana laboral. El Nuevo Mundo S.A. permitía este dispendio, un solo día de descanso. Sobre el tablero, peleaban por otros siete días más de vida, los disidentes, los que se negaban a seguir la Ley que el Gobierno elaboraba para todos, por el bien de todos, tras el desastre que se llevó por delante al Mundo, el gran tablero de Ajedrez sobre el que se libró la Gran Batalla. Así estaban las cosas. Así iban a seguir. El mini grupo de los contrincantes, los generales que dirigían las tropas, se reunían para comentar lo acontecido esa noche, su única función: preparar la batalla del sábado, organizar las tropas y mandarlas a la batalla. Esa era su vida, para eso había servido su alta cualificación, para eso... Nada más que comentar, sobrevivir era la misión.
El perdedor se ajustó las gafas tras lavarse la cara ante el espejo. A veces se preguntaba... a veces querría... pero solo a veces. La humanidad... eso era Nuevo Mundo S.A.
@ 2021, by Santiago Navas Fernández
@ 2020, by Santiago Navas Fernández
Me desperté por el estruendo. Estaba durmiendo entonces en la planta segunda, en el apartamento de mi amiga desaparecida, pensé que ya no necesitaba tanto aislamiento como tenía tras la falsa pared de mi habitación, así que me bajé al suyo. Y por eso oí el retumbar de los golpes contra la puerta del portal, los motores que recordaban a vehículos, recorriendo la avenida. Fuertes pisadas, como de un ejército desfilando, o quizá mejor corriendo, a las órdenes de un sargento de voz potente, rodeados de cánticos de ánimo. Creí que era un sueño y abrí los ojos, pero enseguida noté la vibración del suelo, el silencio se había roto, apenas recordaba tanto ruido, que era normal cuando el mundo era mundo, pero hacía tantos años, que ya no podía ni acordarme, de hecho, entonces no tenía pelo en la cara y ahora una barba nutrida la cubría.
Tuve miedo. Me quedé quieto escuchando, no podía asomarme, ni siquiera a la escalera hasta no estar seguro de que no habían entrado en el edifico. Pasaron los minutos y los golpes en la puerta de la calle pararon, se oyeron voces que eran órdenes dadas con contundencia, alejándose un poco. Era el momento. Puse mi oreja pegada a la puerta, nada parecía ocurrir en la escalera, aguanté casi media hora y abrí muy despacio, sin hacer ruido... ¡nada! no se oía nada. Me asomé a la barandilla, el hueco estaba en silencio y a media luz, sólo con la que entraba de las ventanas, no se veían restos de ningún desperfecto, ni cristales, ni maderas. Quizá se habían marchado sin entrar. Debía comprobarlo pero con la máxima cautela, porque sí me llegaba ruido desde la calle, aunque más diluido.
Bajé muy lentamente, extremando las precauciones. Desde el portal podía ver la puerta de entrada al condominio. Sin duda habían tratado de forzarla a base de golpes, pero no lo habían conseguido, eso era buena señal. Y por el garaje era prácticamente imposible entrar, en cualquier caso, ahí había una puerta que lo aislaba por unas escaleras estrechas, sería difícil que lo consiguieran y además, la había asegurado para que fuera inexpugnable. No, por el garaje no podía llegarme ninguna amenaza. Pero tenía que saber qué había ocurrido, así que me encaminé hacia la azotea, desde ahí podría ver sin ser visto.
Obvio decir que los huecos de los ascensores estaban vanos, pues los elevadores no tenían corriente y, en cualquier caso, me había asegurado que si la recibieran por un milagro, no funcionaran. Así que subí la torre de apartamentos a patita, lo había hecho muchas veces, no me importaba una más. Cuando llegué al final, abrí la puerta con mucho sigilo, todas las precauciones son pocas cuando has vivido aislado durante años y sin ver a ningún ser humano, ni restos ni pista de ellos. Los grandes recipientes que tenía en la azotea para recoger el agua de lluvia, me cubrían de cualquier mirada desde otras torres. Los había instalado hacía años, además de usar el agua para aseo y para mi consumo, tras un proceso de purificación mediante filtros y evaporaciones, había convertido los dos apartamentos de la última planta, en un campo de cultivo interior, una especie de invernadero, donde caía el agua de dichos contenedores. Con eso había conseguido comida fresca, recogiendo semillas, almacenándolas y cultivándolas poco a poco. Resultó que el vecino del quinto era ingeniero agrónomo y tenía multitud de vídeos, libros y un amplio semillero en su apartamento.
Salí a la azotea entre los grandes recipientes dichos y al final de un camino sinuoso, encontré la red que usaba para cazar algunos pájaros. Tardé en tejerla y la debía de reparar de vez en cuando, pero gracias a las semillas que depositaba en su interior, algunos pájaros acudían a comer y entonces se quedaban atrapados, cada dos días subía y los cogía, era otra fuente de alimentación fresca y natural. Y así, pude espaciar las viandas del congelador de la familia de mi amiga, en el sótano, aún quedaba gasolina para el motor del refrigerador.
Se oía el ruido de motores, los gritos y las pisadas sobre el asfalto agrietado. Me asomé con precaución extrema. Un ejército no demasiado numeroso pero bien pertrechado, se movía por la calle, que tenían ocupada y bloqueada. Dos tanques, uno a cada extremo, vigilaban lo que pudiera venir, mientras un buen número de soldados recorrían con sus miradas los edificios colindantes y las calles adyacentes. Otros se esforzaban por encontrar un portal en el que entrar, debían ser los mismos que habrían estado en el mío, intentando forzarlo. Ahora habían buscado algo más asequible ¡seguro! Y lo lograron, un portal de uno de los edificios de enfrente cedió a su fuerza y penetraron dentro a gritos, disparando, corriendo hacia arriba, por lo que pude adivinar a través de los sonidos que me llegaban.
Media hora después salían y se dirigían hacia un vehículo negro que estaba protegido en el centro de la calle. Tras hacer el saludo militar, descendió un hombre que recibió el mensaje que un soldado le transmitía. Supongo que le informaba que estaba todo en orden y despejado, porque asintió el civil y le siguió hacia el interior. Entonces otro comenzó a dar berridos señalando a camiones cubiertos hacia los que se dirigieron varios soldados sin armamento. Los abrieron y pude ver cómo comenzaban a descargar material protegido y cajas que fueron llevando al interior del edificio. Al cabo de un buen rato, sacaron un panel muy largo que acabaron colgando sobre la puerta "CUARTEL GENERAL. NUEVO MUNDO S.A." Por lo que yo recordaba, "SA" lo había visto siempre tras el nombre de empresas y fábricas, lo demás sí me cuadraba, pues indudablemente se trataba de un Ejército y el uniforme me era de sobra conocido, el Nacional.
Si iban a establecerse, como parecía, frente a mi refugio, debía ser cauto. Así que retiré la red de caza, pero los contenedores de agua no podía, tendría que dejarlos confiando que pasaran desapercibidos a los soldados que, a buen seguro, pronto alcanzarían la azotea para otear al resto del barrio desde allí. Así que me oculté. Efectivamente no tardaron demasiado en aparecer fusil en mano, no podían verme, pero aún así tuve miedo ¿qué pasaría si me descubrían? ¿eran un ejército nacional o eran una banda de criminales armados?
Durante varios días los observé trabajar, intentaba adivinar lo que hacían tras los cristales. Procuraba situarme en cualquier planta y desde allí mirar lo más oculto posible. Lo tenían todo ocupado. Al cabo de dos semanas instalaron en la azotea defensas con sacos y metralletas y en el centro de todo ello, una gran antena. En días sucesivos instalaron otras menores. Por las noches iluminaban el edificio, no sé de qué forma, pero tras las ventanas se veía a los soldados moverse. Vi al civil asomarse a las ventanas desde una especie de despacho, debía ser el mandamás. Ví a los soldados divertirse y emborracharse, también los vi vigilar mirando hacia todos los sitios a su alrededor. Así permanecimos más de un mes, yo les espiaba y ellos no sabían que yo existía.
Observando la antena me acordé que tenía una radio por algún sitio, además de los televisores, pero esos era más difíciles hacerles funcionar, además de peligroso, pero un transistor de esos pequeños, con algunas pilas de las que aún quedaban ¡milagrosamente! Al principio lo usaba casi todos los días, subía a la azotea y lo ponía en funcionamiento, movía el dial para un lado y otro, muy lentamente, por si salía alguna señal, pero jamás conseguí algo que pudiera ilusionarme. Supuse que si habían instalado una antena, era porque podían emitir señales radiofónicas, así que me predispuse a escucharles, a través de ellas, tal vez pudiera saber quiénes eran en realidad.
Aquella mañana, tras comer algo, conecté el aparato, parecía que no iba a funcionar, tal vez las pilas se habían descargado, pero al fin el piloto se encendió. Recorrí el dial lentamente, nada conseguí, volví a intentarlo ahora en sentido inverso. De repente el aparato carraspeó, algo había. Con mucho cuidado fui moviendo el mando hasta llegar a la señal y entonces subí lentamente el volumen... era una grabación que repetía una vez tras otra:
"¡Ciudadanos! Aquí Radio Nuevo Mundo, transmitiendo para toda la Nación y el Mundo entero. Somos los supervivientes del Ejército Nacional, tenemos armas y suministros y estamos creando un espacio seguro en el barrio de Ciudad Bahía, de la capital, aquí os esperamos, venid todos los sanos y todos los justos, abstenerse los delincuentes, pues seréis castigados como merecéis: la muerte. ¡Ciudadanos supervivientes de esta hecatombe! el Ejército Nacional ha fundado Nuevo Mundo S.A. que con el Presidente a su cabeza, quiere recomponer la vieja Nación y el Mundo. Si estás sano, si necesitas ayuda, si quieres un nuevo futuro, acude al barrio de Ciudad Bahía, en la capital de la Nación, te esperamos. Juntos podremos construir el nuevo orden. Nuevo Mundo S.A., no te olvides"
No pude parar de escucharlo una y otra vez, no sé las horas que estuve ¿qué tipo de mensaje era ese?
@ 2020, by Santiago Navas Fernández
“DESCUBREN POR CASUALIDAD, UN OSARIO EN ALDEALAGUILA
Según relata la Guardia Civil, un osario de restos animales y humanos, ha aparecido en la olvidada aldea ganadera, durante la excursión de unos senderistas. El proceso de investigación está abierto.” La Provincia.
“CONTINUA EL MISTERIO EN ALDELAGUILA. Según nuestro corresponsal, se trata de un osario donde los ganaderos de la zona despeñaban los animales que morían y las aves carroñeras acudían a devorarlos, de esta forma evitaban ataques contra sus rebaños.” El Correo Industrial.
“ACLARADO EL MISTERIO DE ALDEALAGUILA, TODO FUE UN ERROR, DICE LA AUTORIDAD
Según nota hecha pública esta mañana, los huesos humanos encontrados en el osario de Aldealáguila, proceden del viejo cementerio. Por un error humano, una vez levantados, fueron arrojados allí, cuando debían haber sido trasladados a su nuevo emplazamiento, en la cabeza de partido situada a tan solo 25 Km. En su lugar, sigue diciendo la nota, lo que se podía haber arrojado al osario, eran los restos no humanos del cementerio desmantelado”. El Sol
Argimiro no hablaba con ningún otro preso. Argimiro no estaba acostumbrado a la gente y menos a aquella. Él, desde que se quedó sólo en la aldea al cuidado del ganado, se escondía cuando veía venir gente. Su casa no parecía más habitada que las otras, así que pasaba desapercibida a los visitantes. En realidad, vivía arriba de la sierra, en un cuarto que se había habilitado junto al tenado grande, para estar más al cuidado de los rebaños. Cuando no eran lobos, eran buitres, pero siempre tenía alguna amenaza que combatir, así que guardaba cada noche bajo techo a sus animales, en un corral enorme, de tejado bajo hecho con postes y vigas de madera y tejas viejas de las casas abandonadas. Pensaba que así, el musgo que recubría la gastada arcilla hacía que parecieran rocas a vista de pájaro. Y los perros avisaban si se acercaba el lobo.
Argimiro veía llegar a los excursionistas, cómo se preparaban, miraban a la montaña, recorrían los senderos, a veces dejando sus recuerdos tirados entre los matojos. Recorrían el valle, pero raramente algunos subían hasta su altura. Esos días, siempre en domingo, Argimiro no sacaba a los animales, como mucho los dejaba pasear por el cercado descubierto, los echaba hierba que tenía recogida y almacenada en el pajar. Luego, al día siguiente, el ganado se mostraba inquieto al pasar por los senderos y detectar el olor de la gente. A los animales no les gustaba su presencia, así que a él tampoco.
Un día apareció un caminante con su mochila, sus botas y su bastón, cuando él ya había sacado al rebaño. Los perros ladraron fuerte. Argimiro estaba preocupado porque hacía tiempo que los buitres le rondaban el ganado, se ve que no encontraban qué comer y sus animales les atraían. No se lo pensó. Cuando el desconocido le abordó con su estúpida sonrisa, con su ropa casi nueva y bastante más limpia que la suya, con las gafas y un montón de trastos que llevaría, Argimiro agarro el cayado hecho por su abuelo y le golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza. El hombre le miró sorprendido mientras un líquido rojo le comenzaba a manar, Argimiro volvió a golpear y el pobre cayó redondo al suelo. El pastor tomó su pieza y la arrastró hasta el borde el osario donde arrojaba a los animales enfermos o moribundos y lanzó el cuerpo sangrante y aún moviéndose del excursionista. Visto y no visto, las aves se lanzaron a su caza por el terraplén.
Argimiro otro día vio una pareja de jovencitos que llegaban hasta el valle, hacía rato que se movía con sus animales en la media ladera de enfrente. Observó lo que hacían. Ella tenía unos rizos rubios muy lindos, él era de pelo castaño y muy delgado. Vio cómo se enzarzaban el uno con el otro, se desnudaban y allí mismo daban satisfacción a sus cuerpos. Argimiro dejó el rebaño al cuidado de los perros y se acercó sigiloso, ambos estaban en un duermevela, ni se enteraron de lo que pasaba. Pero sus cuerpos, con más esfuerzo para subirlos hasta la cima donde estaba el osario, fueron arrojados igualmente para disfrute de las aves. Primero el del chico, el de ella se lo quedó unos días, ya lo arrojaría más adelante, pensando que así las carroñeras se olvidarían durante más tiempo de perseguir a su ganado.
Desde aquel momento, Argimiro se acostumbró a esperar la llegada de incautos solitarios a los que llevarse al osario. Cuando venían grupos, él se escondía. Con todo, consiguió que, durante mucho tiempo, las carroñeras no atacaran su ganado. Una vez al mes bajaba al partido judicial con sus productos, que le compraba un tratante del pueblo.
- Argimiro ¿no estás muy solo allá arriba?
Y él no contestaba, tan sólo se reía. Ese tratante fue el que les dio la pista a la Guardia Civil. Cuando ésta accedió a la choza junto al tenado, se quedaron atónitos. Argimiro mantenía ordenadas por las paredes, la cabeza de algunas de las mujeres o jovencitas que habían caído en sus garras, las tenía allí, ante él, unas más decrépitas, otras menos. Eran su compañía, cuando volvía cada noche o los días que pasaba encerrado por el mal tiempo, ellas le hablaban y él las contestaba, y viceversa. Se había hecho con un harén que le era totalmente fiel, que nunca le abandonaría y, al parecer, alguna incluso la consideraba su novia principal.
La Guardia Civil consiguió ocultar la historia a la prensa, pero a los familiares que habían denunciado las desapariciones, le tuvo que contar la verdad y entregar los restos para que los analizaran y a cada cual le devolvieran los huesos de su tío, de su padre, de su hija, de su hermana o de su madre. Que en años que Argimiro vivió así, acumuló crímenes suficientes como para ganarse la cadena perpetua que ahora penaba.
@ 2020 by Santiago Navas Fernández
P.D.- Supongamos que Argimiro se hubiera encontrado con algún zombificado del que se hubiera contaminado al manejarle, supongamos que dado su estilo de vida, el mal se hubiera desarrollado en su interior lentamente, hasta que ya dentro de la cárcel se hubiera convertido. A partir de ahí, la expansión hubiera provocado la pandemia en ese recinto. Pensarlo ¡puede ocurrir!